Familia disfrutando de vacaciones en la playa

Viajes en familia

Qué tiene que tener un hotel para que un adolescente no se aburra

Por Viajes Santa Mona

Hay un momento, más o menos entre los doce y los catorce años, en el que el hotel de siempre deja de funcionar. Es el mismo hotel, con la misma piscina y el mismo buffet, y hasta el año pasado era perfecto. Pero de repente el miniclub ya no le corresponde, la animación le queda pequeña, y el plan que llenaba el día de un niño de ocho años deja un hueco enorme en el de uno de quince. Todo el sector de los viajes en familia escribe para bebés y para niños pequeños: cuna, papilla, trona, miniclub, toboganes de chorritos. Casi nadie escribe para el padre o la madre que tiene un hijo de catorce, de quince o de diecisiete y que está intentando acertar con el hotel.

Antes de entrar en materia conviene decir una cosa, porque cambia el enfoque de todo lo que viene después. Un adolescente en unas vacaciones familiares está en una situación incómoda de verdad: le has apartado de sus amigos dos semanas justo en la etapa de su vida en la que ese grupo lo es casi todo, y le has llevado a un sitio que no ha elegido, con la gente con la que ya convive todo el año. Que esté raro los primeros días no es una falta de agradecimiento; es una reacción bastante razonable. Este artículo no va de aguantarle, va de elegir un hotel donde él o ella también tenga sitio, que es la única manera de que el viaje sea bueno para todos.

Por qué el miniclub deja de servir (y qué hay que preguntar en su lugar)

Empecemos por el dato que explica el problema entero: la mayoría de clubes infantiles de hotel cortan en los 12 o los 13 años. Unos cubren de 4 a 12, otros de 5 a 11, algunos estiran hasta 13. Por encima de ahí, en un porcentaje altísimo de hoteles vacacionales, no hay literalmente nada programado. El hotel tiene una oferta enorme para los pequeños, una oferta razonable para los adultos —animación de noche, espectáculo, deportes— y un agujero en medio justo donde está tu hijo o tu hija.

Esto no siempre se percibe al reservar, porque las fichas de hotel destacan mucho el club infantil y la palabra «familias» aparece por todas partes. Uno lee «programa de animación para toda la familia» y da por hecho que hay algo para un chico de quince. Casi nunca lo hay. Y el efecto real, ya en el hotel, es que el mayor pasa el día en la tumbona mientras el pequeño tiene el día lleno, lo cual además genera un agravio comparativo bastante evidente dentro de la propia familia.

La buena noticia es que hay hoteles con club juvenil o club de adolescentes, a veces llamado teen club, con su propia sala, sus propias actividades —torneos, deportes, talleres, quedadas de tarde— y monitores dedicados. Cuando existe, es probablemente el dato más importante de toda la búsqueda, muy por encima de las estrellas del hotel o del tamaño de la piscina. Pero no basta con ver la palabra en la ficha: hay que preguntar tres cosas concretas, porque las tres cambian mucho de un hotel a otro y ninguna suele estar publicada.

  • La franja de edad exacta. No vale «para jóvenes». Hay clubes de 13 a 17, otros de 12 a 15 y otros de 14 a 17. Si tu hija tiene 13 y el club empieza en 14, el club no existe para ella. Y si tiene 17 y el club acaba en 16, tampoco.
  • Si funciona todos los días o solo algunos. Hay clubes juveniles con programa diario y otros que montan una actividad dos tardes por semana. La diferencia entre una cosa y otra es abismal en una estancia de siete días.
  • Si abre solo en temporada alta. Este es el que más disgustos da. Muchos hoteles activan el club juvenil solo en julio y agosto, o solo en las semanas de mayor ocupación. Si viajas en junio, en septiembre o en Semana Santa, hay que confirmarlo para tus fechas exactas, no para «el verano» en general.

Si además viajas con hijos de edades muy separadas —uno de siete y uno de quince, el caso más común—, lo que necesitas es un hotel con las dos cosas a la vez y bien separadas, para que el mayor no acabe metido en actividades de pequeños. Sobre cómo cambian las condiciones y las tarifas según la edad, tenemos otro artículo que conviene leer antes de reservar: hasta qué edad se considera niño en un hotel. A partir de cierta edad, tu hijo deja de contar como niño y empieza a pagar como adulto, y eso afecta al precio de la habitación tanto como al programa de actividades.

El wifi es innegociable, y no es un capricho

Aquí hay que quitarse un prejuicio de encima, porque cuesta dinero real en forma de mal viaje. Cuando un padre o una madre dice «es que está todo el día con el móvil», lo que normalmente está pasando es esto: ese móvil es todo lo que le queda de su vida social durante las vacaciones. Sus amigos siguen quedando sin él. Los grupos siguen funcionando sin él. A los quince años, quedarse sin conexión dos semanas no es desconectar, es desaparecer. Y un hotel con mal wifi convierte un viaje ya de por sí incómodo para él en un viaje realmente malo.

Por eso lo tratamos como un requisito técnico, igual que trataríamos el aire acondicionado. Y como requisito técnico, tiene preguntas concretas:

  • ¿El wifi llega a la habitación o solo a las zonas comunes? Es la pregunta número uno y la que más veces se responde con un «hay wifi en el hotel» que no significa nada. Hay establecimientos donde la señal es buena en el hall y en la piscina y prácticamente inexistente en las plantas altas o en los bloques más alejados.
  • ¿Es gratuito o de pago? Y si hay dos niveles —uno gratis lento y uno de pago rápido—, cuánto cuesta el rápido, si se contrata por habitación o por dispositivo y cuántos dispositivos admite. Con cuatro personas y varios móviles, esa letra pequeña importa.
  • ¿Aguanta vídeo? Ver una serie, una videollamada con los amigos o subir algo son cosas que necesitan bastante más que abrir el correo. Un wifi que solo da para mensajería no cumple.

Lo resumimos así de claro porque lo hemos visto muchas veces: un wifi malo arruina más vacaciones que una piscina pequeña. La piscina se compensa con la playa; la conexión no se compensa con nada. Y si viajáis fuera de España, hay otra capa a mirar —los datos móviles y las tarjetas eSIM— que contamos en internet en el Caribe y tarjetas eSIM, y que aplica igual a cualquier destino fuera de la Unión Europea.

Qué instalaciones sí funcionan a esa edad

Esta es la parte donde la ficha del hotel engaña más, porque las instalaciones que se anuncian a bombo y platillo para familias son casi todas para niños pequeños. Lo que de verdad usa un adolescente durante siete o diez días es otra lista, bastante concreta.

Piscina grande, y con zona profunda de verdad

Suena obvio y no lo es. Muchos hoteles familiares tienen una piscina principal amplia pero poco profunda en casi toda su superficie, porque está pensada para que los niños hagan pie. A un chico de dieciséis años eso le sirve para meterse un rato y poco más: no puede nadar de verdad, no puede tirarse, no puede jugar. Pregunta si hay una piscina con zona profunda o una piscina de nadadores separada de la infantil. Cambia por completo el uso que le van a dar.

Toboganes: sí, a los quince siguen gustando

Uno de los errores más repetidos es descartar los toboganes por considerarlos cosa de niños. Los toboganes grandes funcionan estupendamente con adolescentes, aunque no lo digan en casa y aunque pongan cara de que les da igual cuando lo preguntas. Lo que no les sirve es el tobogán bajito de la piscina infantil ni la zona de chorritos. Merece la pena preguntar si hay toboganes de adultos, qué altura o edad mínima tienen, en qué horario abren y si funcionan fuera de julio y agosto. Nuestra página de hoteles con toboganes recoge las zonas donde hay más opciones de este tipo.

Deportes: pádel, voley playa, canchas

Es la vía más rápida para que un adolescente conozca a otros de su edad sin que nadie se lo tenga que organizar. Una pista de pádel, una cancha polideportiva, una red de voley en la playa o una mesa de ping-pong al lado de la piscina generan grupos solos. Preguntas útiles: si el uso de las pistas es gratuito o se paga por hora, si hace falta reservar y con cuánta antelación, si prestan raquetas y pelotas, y si el hotel organiza torneos. Un torneo de pádel o de voley de media tarde es la clase de actividad que un chico de quince hace encantado y que un club de niños de siete no le va a dar nunca.

Gimnasio: pregunta la edad mínima

Muchos chicos y chicas de esa edad entrenan durante el curso y les fastidia parar dos semanas. El problema es que los gimnasios de hotel casi siempre tienen edad mínima, y suele estar entre los 16 y los 18 años; en algunos sitios dejan entrar antes si van acompañados de un adulto y en otros no dejan pasar a menores en ningún caso. Es una de esas cosas que nadie mira al reservar y que luego se descubre en recepción el primer día. Si para tu hijo o tu hija es importante, hay que preguntar la edad mínima exacta, si vale ir acompañado y si hay horarios restringidos.

Sala de juegos, billar, ping-pong: el plan de después de cenar

Puede parecer secundario y no lo es. El rato de después de cenar es el más largo y el más delicado del día con un adolescente: los pequeños tienen su mini disco, los adultos tienen el espectáculo o una copa, y él o ella no tiene nada. Una sala de juegos con billar, futbolín, dardos o máquinas, o simplemente una mesa de ping-pong con luz, es lo que convierte esas dos horas en un plan en vez de en un «me voy a la habitación». Pregunta si existe, en qué horario abre y si el uso es gratuito o con fichas.

La autonomía es lo que más se valora de todo

Si tuviéramos que quedarnos con un solo criterio de este artículo, sería este. Por encima del tobogán, del pádel y hasta del club juvenil, lo que un adolescente valora de un hotel es poder moverse sin que sus padres vayan detrás. Bajar solo a la piscina y quedarse allí toda la mañana. Ir al buffet cuando le apetezca. Dar una vuelta por el complejo. Volver a la habitación a por algo sin que nadie le acompañe. Es exactamente lo mismo que hace en su ciudad todos los días del año, y perderlo de golpe durante las vacaciones es una de las cosas que peor llevan.

Esto tiene una consecuencia práctica muy concreta a la hora de elegir alojamiento: un hotel grande y cerrado da más libertad que un aparthotel pequeño. Parece contraintuitivo, porque solemos asociar «grande» con impersonal, pero un complejo amplio con recinto propio, con varias zonas, con personal por todas partes y con más gente de su edad es un espacio donde un chico de quince puede campar a su aire con seguridad. El apartamento de dos habitaciones en un edificio pequeño, en cambio, obliga a que todo el mundo haga el mismo plan a la vez, y ahí es donde aparece el bloqueo.

Antes de reservar merece la pena preguntar por lo que limita esa libertad, que casi nunca está publicado: si hay zonas restringidas por edad —algunas piscinas o zonas chill son solo para adultos, y eso deja fuera a un menor aunque mida uno ochenta—, si hay horario de cierre de las zonas comunes, si los menores pueden estar en la piscina sin un adulto presente y si hay pulsera o control de acceso. Todo eso define cuánta cuerda real va a tener durante la estancia. Y si os interesa comparar hotel frente a apartamento con calma, lo desarrollamos en todo incluido o apartamento con niños.

Comen mucho, y comen a deshora

Un adolescente come mucho más de lo que sus propios padres calculan, y sobre todo come fuera de los horarios establecidos: a media mañana, a las cinco de la tarde, después del baño, antes de cenar y a veces otra vez a las once de la noche. Eso convierte una variable que con niños pequeños es secundaria —el horario de la comida— en una de las que más pesan en la satisfacción del viaje.

Lo que funciona bien es un buffet con horario amplio, un snack o chiringuito en la piscina que sirva a media mañana y a media tarde, y un picoteo de tarde tipo bocadillos, pizza, gofres o helados. Todo eso vale muchísimo más, para esta edad concreta, que un restaurante a la carta elegante con reserva previa y horario cerrado. El restaurante a la carta está bien para una noche especial de los adultos; el snack de la piscina es el que se usa todos los días.

Las preguntas concretas son: qué horario tiene el buffet en cada comida, si hay servicio continuo entre comidas, a qué hora abre y cierra el snack de la piscina, si hay merienda organizada y si el helado está incluido o se paga. Sobre lo que entra y lo que no entra en cada régimen, lo detallamos en los horarios del todo incluido el primer y el último día, que es donde más malentendidos se producen.

El entorno importa tanto como el hotel

Este punto es el que más veces se pasa por alto y el que más determina cómo va a ir la segunda semana. Con niños pequeños, un hotel aislado en mitad de la nada puede ser estupendo: todo se resuelve dentro y no hay que salir para nada. Con un hijo de dieciséis años, ese mismo hotel aislado es una condena. Significa que no puede hacer absolutamente nada sin que un adulto coja el coche y le lleve, y a esa edad tener que pedir que te lleven a todas partes es humillante y frustrante a partes iguales.

Lo que buscamos para estas familias es lo contrario: un hotel con vida alrededor y a distancia andando. Un paseo marítimo. Tiendas. Heladerías. Un par de sitios abiertos por la noche. Otros chicos y chicas de su edad dando vueltas. Con eso, el plan de la tarde y el de después de cenar se organizan solos, sin que nadie tenga que proponer nada ni llevar a nadie. Es la diferencia entre unas vacaciones en las que se aburre y unas en las que se busca la vida por su cuenta y vuelve contento.

En la costa española esto se traduce en zonas concretas: núcleos turísticos con paseo largo y comercio, no urbanizaciones cerradas a cinco kilómetros del pueblo. Sitios como Benidorm o Torremolinos cumplen esa condición con holgura: hoteles grandes, paseo marítimo largo, comercio abierto hasta tarde y muchísima gente joven alrededor. Qué destinos cumplen mejor esa condición lo desarrollamos en dónde ir con adolescentes en España. Y si quieres verlo desde el ángulo del régimen y del tipo de complejo, en vacaciones con adolescentes en todo incluido.

La habitación: cuando compartir deja de funcionar

La habitación familiar de toda la vida —una estancia con la cama de matrimonio y dos camas o un sofá cama para los niños— es una solución magnífica mientras los hijos son pequeños. Deja de serlo, y bastante de golpe, cuando crecen. A los quince o los diecisiete años una persona necesita intimidad: cambiarse sin público, acostarse y levantarse a otra hora, tener un rato a solas, hablar por teléfono sin que le oiga toda la familia. Meter a cuatro personas, dos de ellas casi adultas, en veintiocho metros cuadrados durante diez días es una fuente de roce garantizada, y el roce no lo genera el adolescente: lo genera el espacio.

Las alternativas existen y son más asequibles de lo que la gente supone: habitaciones familiares con dos ambientes separados por una puerta, suites con salón independiente, habitaciones comunicadas o directamente dos habitaciones dobles contiguas. Cada opción tiene sus condiciones y su precio, y la elección cambia mucho según la edad exacta de los hijos y según si son del mismo sexo o no.

Le hemos dedicado un artículo entero, porque es una decisión con bastante letra pequeña: habitaciones familiares para adolescentes. Y si estás dudando entre una familiar y dos dobles, la comparación económica y práctica está en habitación familiar o dos habitaciones dobles. Si además sois familia numerosa, en hoteles para familia numerosa está el detalle de cómo se reparten las plazas.

Régimen: por qué el todo incluido suele salir a cuenta con adolescentes

Con niños pequeños, el todo incluido es una opción entre varias y depende mucho del destino y del tipo de viaje. Con adolescentes, la balanza se inclina bastante clara hacia el todo incluido, y por dos razones que van por separado.

La primera es de cantidad. Comen y beben sin parar, y con media pensión eso significa un goteo permanente de consumiciones en la cafetería y en el chiringuito: refrescos, batidos, helados, bocadillos, algo antes de cenar. No es un gasto grande cada vez, y precisamente por eso pasa desapercibido hasta que al final de la semana revisas la cuenta de la habitación.

La segunda razón nos parece incluso más importante, y es de convivencia: con el todo incluido desaparece la discusión de dinero. No hay que pedir permiso ni preguntar el precio cada vez que quieren algo. Se acaba el «¿otro helado?», el «eso no» y el «ya has comido hace un rato». Y con ello se acaba una fricción diaria que en una familia con dos adolescentes puede repetirse ocho o diez veces al día. Ese silencio vale dinero.

Dicho esto, no todos los todo incluido son iguales, ni mucho menos, y ahí es donde conviene leer la letra pequeña: qué bebidas entran, si el snack de la tarde está incluido, si los helados se pagan aparte, si hay restaurantes de pago dentro del hotel. Lo tenemos desglosado en qué no incluye el todo incluido y en qué bebidas incluye el todo incluido. Si prefieres comparar regímenes antes de decidir, en todo incluido o media pensión hacemos la cuenta con números.

El consejo de convivencia que más funciona: déjale elegir algo

Terminamos con lo que no es una instalación ni un servicio, y que sin embargo es lo que más veces nos han devuelto agradecido las familias. Deja que elija una parte del viaje. No hace falta que decida el destino, ni el hotel, ni las fechas. Basta con que haya algo que sea suyo: la excursión de un día, el restaurante de una noche, el plan de una tarde entera, la actividad que le apetezca probar. Y que se decida preguntándole de verdad, no ofreciéndole dos opciones que ya habíais elegido vosotros.

El motivo es sencillo, y es la idea con la que empezaba este artículo: lo que peor llevan a esa edad no es el viaje, es no haber sido consultados. Han pasado de ser niños a los que se lleva a ser personas con criterio propio, y sin embargo el viaje se sigue organizando exactamente igual que cuando tenían ocho años. Tener una parcela de decisión —aunque sea pequeña— cambia por completo la actitud desde el primer día, porque convierte el viaje en algo compartido en vez de en algo impuesto.

Dos apuntes prácticos que suelen ayudar. El primero: pregúntale antes de reservar, no después, porque una excursión elegida sobre el terreno tiene menos valor que una que lleva semanas siendo suya. El segundo: acepta que su plan puede ser no hacer nada. Si lo que quiere es un día entero en la piscina sin excursiones, eso también es un plan y también cuenta.

Las preguntas para el hotel (para copiar y pegar)

Estas son las preguntas que hacemos nosotros cuando una familia nos dice que viaja con hijos adolescentes. Cópialas tal cual y mándanoslas, o úsalas con quien sea que estés mirando el viaje. Ninguna de ellas se responde mirando la ficha del hotel:

  • ¿Hay club juvenil o de adolescentes, además del club infantil? ¿Qué franja de edad exacta cubre?
  • ¿El club juvenil funciona todos los días en mis fechas, o solo en temporada alta o algunos días de la semana?
  • ¿El wifi llega a las habitaciones o solo a las zonas comunes? ¿Es gratuito, cuántos dispositivos admite y aguanta vídeo?
  • ¿Hay piscina con zona profunda o de nadadores, aparte de la infantil?
  • ¿Hay toboganes para mayores? ¿Qué altura o edad mínima tienen y en qué horario abren en mis fechas?
  • ¿Qué instalaciones deportivas hay —pádel, cancha, voley, ping-pong—, se pagan aparte, hay que reservar y prestan material?
  • ¿Desde qué edad se puede entrar al gimnasio y hace falta ir acompañado de un adulto?
  • ¿Hay sala de juegos, billar o futbolín, en qué horario y es de uso gratuito?
  • ¿Hay zonas restringidas por edad dentro del hotel, y pueden los menores estar en la piscina sin un adulto presente?
  • ¿Qué horario tiene el buffet en cada comida y hay snack en la piscina a media mañana y a media tarde?
  • ¿Qué opciones de habitación hay para cuatro personas con dos hijos mayores: familiar con dos ambientes, comunicadas o dos dobles?
  • ¿Qué hay a distancia andando desde el hotel: paseo marítimo, tiendas, heladerías, sitios abiertos por la noche?

Si alguna respuesta llega en forma de «normalmente sí» o «suele funcionar», insiste hasta tener una confirmación para tus fechas concretas. En estas cosas, «normalmente» es justo la palabra que precede a los disgustos. Y si quieres la lista general que usamos con cualquier hotel, más allá de la edad de los hijos, está en las preguntas que hay que hacer antes de reservar un hotel. También puedes ver opciones por tu cuenta en nuestro buscador de hoteles y escribirnos después con las que te encajen.

Cómo lo hacemos nosotros

Cuando montamos un viaje en familia, lo primero que preguntamos son las edades de los hijos. No es un trámite ni un dato para la reserva: es la información que más cambia la recomendación. Un hotel que es perfecto con niños de seis años puede ser un desastre con dos de quince, y al revés. El mismo complejo, la misma semana, el mismo precio, y dos viajes completamente distintos según quién vaya.

Por eso, si tienes hijos adolescentes, cuéntanoslo con detalle: qué edades exactas tienen, si hay mucha diferencia entre hermanos, qué les gusta hacer y qué es lo que más miedo te da del viaje. Con eso podemos confirmar con el hotel las cosas que de verdad importan a esa edad —el club juvenil, el wifi, la edad mínima del gimnasio, el tipo de habitación— antes de que reserves nada. Es un rato de trabajo que evita dos semanas de cara larga.

Preguntas frecuentes

¿Hasta qué edad suele llegar el miniclub de un hotel?

Lo más habitual es que el club infantil cubra de 4 a 12 años, y en bastantes casos corta en 11 o en 13. Por encima de esa edad, en la mayoría de hoteles no hay absolutamente nada programado: el chico o la chica pasa de tener el día lleno de actividades a tener el día vacío de golpe. Algunos hoteles sí tienen un club juvenil o teen club aparte, normalmente de 13 a 17 años, y ese es el dato que hay que preguntar de forma explícita, porque casi nunca aparece destacado en la ficha. Y no basta con saber que existe: hay que preguntar la franja de edad exacta, si funciona todos los días o solo unos cuantos, y si abre solo en temporada alta. Un club juvenil que solo funciona tres semanas de agosto no te sirve si viajas la primera de julio.

¿Por qué es tan importante el wifi cuando viajas con un adolescente?

Porque a esa edad la conexión no es entretenimiento, es su vida social. Un chico de quince años que se va dos semanas de vacaciones con la familia ha dejado atrás a todo su grupo de amigos, y el móvil es el único hilo que le queda con ellos. Si el wifi del hotel no llega a la habitación, o se cae cada dos por tres, o no aguanta un vídeo, lo que estás haciendo sin darte cuenta es aislarlo del todo. Las preguntas concretas son tres: si el wifi llega a las habitaciones o solo a las zonas comunes, si es gratuito o de pago (y si hay una versión gratis lenta y otra premium), y si aguanta vídeo con varios dispositivos a la vez. Un wifi malo arruina un viaje familiar mucho más que una piscina pequeña.

¿Un hotel grande o un aparthotel pequeño para ir con adolescentes?

Para adolescentes, casi siempre el hotel grande. La razón no es el lujo ni las instalaciones, es la autonomía: en un complejo grande y cerrado pueden bajar solos a la piscina, ir al buffet cuando les apetezca, dar una vuelta o quedar con otros chicos sin que ningún adulto tenga que ir detrás. Ese margen de libertad, dentro de un recinto seguro, es exactamente lo que a esa edad hace que unas vacaciones familiares dejen de sentirse como una obligación. Un aparthotel pequeño obliga a que todo el mundo haga siempre el mismo plan a la vez, que es justo la parte que peor llevan. Con niños de seis años el aparthotel puede ser perfecto; con dos de quince suele quedarse corto.

¿Compensa el todo incluido si viajo con adolescentes?

En la mayoría de los casos sí, y por dos motivos distintos. El primero es de cantidad pura: un adolescente come mucho más de lo que la gente calcula, y además come fuera de horario, a media mañana y a media tarde. En un régimen de media pensión eso se convierte en un goteo constante de gastos de cafetería que al final de la semana suma bastante. El segundo motivo es de convivencia, y para nosotros pesa incluso más: con el todo incluido desaparece la discusión de dinero. No hay que pedir permiso ni preguntar el precio cada vez que quiere un helado, un refresco o un bocadillo. Se acabó el «otra vez no» diez veces al día. Esa tensión que se elimina vale tanto como el ahorro.

¿Desde qué edad dejan entrar al gimnasio de un hotel?

Depende de cada hotel y no hay una norma única, pero lo habitual es que haya una edad mínima, y que esté entre los 16 y los 18 años. En algunos sitios permiten el acceso a partir de 14 o 16 siempre que entren acompañados por un adulto, y en otros directamente no dejan pasar a menores. Merece la pena preguntarlo porque muchos chicos y chicas de esa edad entrenan de forma habitual durante el curso y les fastidia parar dos semanas, y porque para más de uno el gimnasio del hotel es el plan que le salva las vacaciones. Pregunta la edad mínima, si hace falta ir acompañado y si hay horario restringido, y confírmalo antes de reservar si es un punto importante para tu hijo o tu hija.

¿Es mejor un hotel aislado y tranquilo o uno con vida alrededor?

Con adolescentes, casi siempre uno con vida alrededor. Un complejo precioso en mitad de la nada, sin nada a lo que se pueda ir andando, puede ser un plan estupendo para una pareja y una condena para alguien de dieciséis años que depende del coche de sus padres para hacer absolutamente cualquier cosa. Lo que buscamos para estas familias es un hotel con paseo marítimo, tiendas, heladerías y sitios abiertos por la noche a distancia andando, y con otros chicos de su edad alrededor. Eso convierte el «me aburro» en un plan que se organiza solo, sin que nadie tenga que llevarles ni ir a buscarles. El entorno pesa tanto como las instalaciones del hotel, y a veces más.

¿A los 15 años siguen gustando los toboganes?

Sí, aunque no lo digan en voz alta. Es uno de los malentendidos más repetidos: se da por hecho que la zona acuática es cosa de niños pequeños y se descarta como criterio, y luego resulta que los toboganes grandes, los de verdad, son de las pocas cosas del hotel que un adolescente usa todos los días sin que nadie se lo proponga. Lo que ya no les sirve es el tobogán pequeño de la piscina infantil, ni el splash park de chorritos. La distinción importa al elegir: pregunta si hay toboganes de adultos, si tienen altura o edad mínima, en qué horario abren y si funcionan fuera de temporada alta. Es una instalación que rinde mucho más de lo que su reputación sugiere.

¿Cómo consigo que mi hijo adolescente no vaya de mal humor al viaje?

El consejo que más veces nos han devuelto agradecido es muy simple: dale algo del viaje para que lo elija él. Una excursión, el restaurante de una noche, el plan de un día entero. No hace falta que decida el destino ni el hotel, basta con que haya una parte del viaje que sea suya y que se haya decidido preguntándole. Lo que peor llevan a esa edad no es irse de vacaciones con la familia, es que se haya organizado todo sin contar con ellos, como cuando tenían ocho años. Un adolescente en un viaje familiar está en una situación incómoda de verdad: le has apartado de sus amigos dos semanas y le has puesto en un sitio que no ha elegido. Darle una parcela de decisión cambia la actitud desde el primer día.

¿Buscas un hotel donde tus hijos adolescentes no se aburran?

Dinos las edades exactas y las fechas y te decimos qué hoteles tienen club juvenil, buen wifi y vida alrededor, con los datos confirmados antes de que reserves nada.

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