Familia disfrutando de vacaciones en la playa

Viajes en familia

La habitación cuando los hijos ya son adolescentes: el problema que nadie cuenta hasta que llegas al hotel

Por Viajes Santa Mona

Durante años la habitación no fue un problema. Los cuatro cabíais en una cuádruple, los niños dormían donde les pusieras, se cambiaban delante de todo el mundo sin darle la menor importancia y a las diez y media estaban fritos. Y entonces, sin que nadie avise, llega el verano en el que tu hija tiene diecisiete y tu hijo catorce, y esa misma habitación —la misma exactamente— se convierte en un sitio donde cuatro personas se estorban. No es que los hijos se hayan vuelto difíciles: es que ya no son niños, y el alojamiento que servía para una familia con niños no sirve para una familia con adolescentes.

Este artículo va del caso concreto de los hijos mayores: la intimidad, los horarios, el baño, si pueden dormir solos en otra habitación y qué exigir por escrito. Si lo que buscas es la comparación general de formatos —familiar, comunicadas, suite o dos dobles— con su tabla, sus precios y su análisis de privacidad, está entera en habitación familiar o dos dobles. Aquí damos por leído aquello y vamos a lo que cambia cuando tus hijos ya no son niños.

La intimidad a los 16 no es un capricho: es la razón de fondo de todo

Empecemos por quitarle culpa a nadie, porque este asunto se plantea muchas veces como si fuera una exigencia caprichosa y no lo es en absoluto. A los dieciséis años se necesita intimidad, y ya está. Es una etapa en la que el cuerpo está cambiando, en la que la vergüenza es real y en la que compartir cuatro metros de suelo con tus padres deja de ser neutro. Cualquier adulto que haga memoria de su propia adolescencia lo entiende en dos segundos. Lo que pasa es que, al reservar en marzo desde el sofá de casa, uno sigue pensando en los niños que fueron y no en las personas que son.

En el día a día del viaje, esa necesidad se concreta en cosas muy pequeñas y muy repetidas. Cambiarse: ponerse el bañador por la mañana, quitárselo al volver, vestirse para bajar a cenar. En una habitación única eso significa hacer cola para entrar al baño tres o cuatro veces al día, o pedirle a media familia que se dé la vuelta. La ducha: a esa edad se tarda más y se sale con más ganas de un espejo libre, y todo eso ocurre en el mismo cuarto de baño por el que pasan otras tres personas. Y algo tan cotidiano como estar un rato a solas: leer, oír música, no hablar con nadie durante media hora. En casa lo resuelve una puerta; en un hotel, si no hay puerta, no se resuelve.

Hay un elemento nuevo que las familias que viajaron con niños hace diez años no tuvieron y conviene tenerlo en cuenta al reservar: las videollamadas con sus amigos. Un chaval de dieciséis años en vacaciones habla con su grupo por la noche, y lo hace con la cámara puesta. En una habitación compartida eso implica que la conversación entera de sus amigos se oye desde la cama de al lado, que el resto de la familia sale de fondo en la pantalla y que el que quiere dormir tiene delante una luz y una charla. No es un capricho tecnológico: es su vida social, que a esa edad pesa muchísimo, y meterla en un cuarto de cuatro personas genera fricción todas las noches. Con una puerta en medio, deja de ser un problema para nadie.

Y luego está lo más simple y lo que menos se dice en voz alta: a los dieciséis años no se quiere dormir en la misma habitación que los padres. No por rechazo ni por conflicto, sino porque es la edad en la que uno empieza a construir su espacio propio, y compartir cuarto con tu padre y tu madre durante siete noches seguidas es exactamente lo contrario de eso. Los padres que lo aceptan sin tomárselo como algo personal se ahorran media discusión, y la otra media se la ahorran eligiendo bien el alojamiento. Porque este problema, en el fondo, no se resuelve hablando: se resuelve reservando otra cosa.

Los horarios incompatibles: el que se acuesta a las dos y el que se levanta a las ocho

Este es el segundo gran motivo y, a diferencia del anterior, no tiene absolutamente nada que ver con la actitud de nadie: es pura biología y pura logística. En vacaciones, un adolescente se acuesta tarde. Vuelve del paseo a la una, se ducha, habla con sus amigos un rato y apaga a las dos. No es rebeldía: a esa edad el reloj interno se retrasa de forma natural, y encima está de vacaciones, que es cuando se supone que uno hace lo que le apetece. Al mismo tiempo, en esa misma habitación hay alguien que se despierta a las ocho porque lleva treinta años despertándose a las ocho, y muchas veces también un hermano pequeño al que hay que levantar para llegar al desayuno antes de que cierren.

Meter esos dos relojes en el mismo cuarto significa que uno de los dos siempre pierde, todas las noches y todas las mañanas de la semana. Y no pierde solo el que se levanta: pierden los dos. El que trasnocha entra a oscuras, tropieza, hace ruido en el baño y despierta a media familia. El que madruga se levanta, sube la persiana, habla en voz normal y despierta al que llevaba cinco horas durmiendo. Ninguno hace nada mal, y aun así los dos duermen peor cada día que pasa.

Lo importante es entender cómo se acumula esto, porque explica cosas que luego parecen inexplicables. El primer día no pasa nada, el segundo tampoco. Al cuarto o quinto día todo el mundo lleva encima un déficit de sueño, y el cansancio no sale en forma de queja sobre el sueño: sale en forma de discusión por dónde comer, por quién ha cogido la toalla de quién o por la hora de volver. Las familias que llegan a casa diciendo que este año se ha discutido mucho muchas veces no tuvieron un problema de convivencia, tuvieron un problema de habitación.

Dicho de forma práctica: dentro de una sola habitación esto no se arregla, se reparte. La única solución real es física, dos espacios con una puerta en medio. Si el presupuesto obliga a quedarse en una habitación única, hay parches que ayudan —elegir una configuración con dos ambientes, pedir que la cama del que trasnocha no esté en el paso hacia el baño, llevar antifaz y una linterna pequeña en vez de encender la luz general— pero conviene saber que son parches. Si tus hijos ya están en esta etapa y el viaje es de una semana o más, esto debería pesar en la decisión más que la piscina del hotel.

Los formatos, en corto (y dónde está la comparación completa)

No vamos a repetir aquí el análisis de cada tipo de habitación, porque lo tenemos hecho a fondo en otro sitio. Lo que sí conviene tener claro antes de seguir es el criterio que ordena todos los formatos cuando viajas con hijos mayores, y cabe en una frase: lo que separa lo que funciona de lo que no es la existencia de una puerta que se cierre. No los metros cuadrados, no la categoría del hotel, no las estrellas. Una habitación grande sin divisiones sigue siendo un sitio donde cuatro personas se acuestan a la vez; una más pequeña con dos estancias y una puerta resuelve la mayor parte del problema.

Con ese filtro, el resumen es breve. La cuádruple y la doble con supletoria son las que dejan de valer a esta edad. La familiar depende por completo del hotel, porque el nombre no garantiza que haya dos estancias reales ni que estén separadas por algo más que un arco o una cortina. Las comunicadas —dos habitaciones unidas por una puerta interior— son la mejor solución posible, con el matiz importante de que casi nunca se venden como tal: se conceden según disponibilidad, así que hay que pedirlas por escrito al reservar y reconfirmarlas antes de salir. Las contiguas son las de al lado sin puerta en medio, que no es lo mismo. Y el apartamento o el bungalow con dormitorios separados es lo que más veces resuelve el problema entero.

La comparación completa de formatos, con la tabla, los precios, el detalle de cada tipo de cama y el análisis de privacidad, la tienes en habitación familiar o dos dobles: cuál compensa según la edad de tus hijos. Si todavía no has decidido el formato, léelo primero y vuelve aquí para el resto, que es justo lo que ese artículo no cubre: lo que pasa cuando los hijos ya son mayores.

¿Pueden dormir solos en otra habitación? Nunca lo des por hecho

De todo lo que hay en este artículo, este es el punto que más viajes ha salvado y el que más gente pasa por alto. La escena es siempre parecida: una familia decide que este año los chavales van en una habitación y los padres en otra, hace la reserva, llega al hotel y en recepción le dicen que no pueden alojar a dos menores solos en una habitación. En ese momento ya no hay margen: o se rehace el reparto sobre la marcha, o alguien duerme donde no quería, o hay que negociar un cambio que puede costar dinero y que depende de que el hotel tenga disponibilidad esa misma noche.

Lo primero que conviene entender es que esto no es una norma universal: lo decide cada hotel, y hay de todo. Hay establecimientos que lo permiten sin ningún problema a partir de cierta edad. Hay otros que exigen que en cada habitación duerma al menos un adulto, sin excepciones. Hay quien lo acepta solo si las dos habitaciones están comunicadas por una puerta interior, con el argumento de que entonces son una única unidad. Hay quien lo permite pero no admite que la habitación esté a nombre del menor, con lo cual toda la reserva tiene que ir a nombre del adulto. Y hay quien pide una autorización firmada del padre o de la madre, a veces con copia del documento de identidad.

A eso se suma que el corte de edad tampoco es fijo. Unos hoteles hablan de dieciséis años, otros de dieciocho, otros lo dejan al criterio de la dirección. Por eso no vale de nada la respuesta genérica del tipo «normalmente no hay problema»: hay que preguntarlo para ese hotel concreto y para las edades exactas de tus hijos, y hay que preguntarlo antes de pagar, no después. Y ojo con un detalle que se escapa a menudo: cuenta la edad que tendrán durante la estancia, no la que tienen el día que reservas. Si tu hija cumple diecisiete en junio y viajáis en agosto, dilo así.

Las cuatro preguntas exactas sobre este punto

  • ¿Admite el hotel que dos menores de esas edades duerman en una habitación sin adulto?
  • ¿Lo admite solo si las habitaciones están comunicadas, o también si son independientes?
  • ¿Hace falta alguna autorización firmada o algún documento adicional al llegar?
  • ¿La segunda habitación tiene que estar a nombre de un adulto?

Y una quinta que cierra el asunto: ¿puede quedar esa respuesta por escrito en la reserva? Si la respuesta a esta última es que no, ya sabes que estás viajando con una suposición y no con una confirmación.

Merece la pena insistir en por qué este punto es más serio que los demás. Si el hotel no te da las habitaciones comunicadas, tienes un viaje algo peor. Si el hotel no permite que tus hijos duerman aparte, se te cae el reparto entero de la reserva y con él el motivo por el que habías elegido ese alojamiento. Es la diferencia entre una molestia y un problema. Por eso esta pregunta va la primera de todas, antes incluso que el precio.

Un apunte más, porque forma parte del mismo asunto y sí depende de vosotros: aunque el hotel lo permita, conviene hablarlo en casa antes. Que dos hijos duerman en otra habitación funciona muy bien cuando las expectativas están claras: a qué hora se recoge cada uno, qué se hace si alguien necesita algo de noche y que la puerta de al lado sigue siendo la puerta de sus padres. La mayoría de los adolescentes se toman esa confianza muy en serio, y por eso este cambio suele ser el que más mejora el viaje de todos, incluidos los padres.

Cuando tus hijos ya pagan como adultos: la cuenta cambia de sitio

Aquí llega el dato que descoloca a más familias. Para efectos de precio, un hotel deja de considerar niño a tu hijo normalmente entre los 12 y los 13 años. Cada establecimiento fija su corte y los hay que lo ponen antes o después, pero esa es la horquilla habitual. A partir de ahí tu hijo paga tarifa de adulto: el mismo hijo, en la misma cama supletoria, con la misma toalla, solo que ahora cuesta lo que tú. Lo desarrollamos con todos los matices en hasta qué edad es niño en un hotel, y en la letra pequeña de los niños gratis verás por qué esas ofertas dejan de aplicarte justo ahora.

Lo primero que hay que asumir es lo injusto del calendario: la habitación familiar deja de compensar exactamente cuando más falta hace. A los ocho años, cuando tu hijo duerme donde le pongas y no le importa nada compartir cuarto contigo, la familiar era baratísima. A los quince, cuando de verdad necesitaríais espacio separado, esa misma familiar ya cuesta como cuatro adultos y sigue siendo una sola habitación. Pagas el precio del espacio y no tienes el espacio.

Pero dentro de esa mala noticia hay una buena que casi nadie ve venir: a partir de ese momento, muchas familias descubren que dos habitaciones no eran tan caras como pensaban. El razonamiento es sencillo. Mientras los hijos pagaban con descuento de niño, meter a todo el mundo en una familiar era clarísimamente lo más barato, y por eso durante años ni te planteaste otra cosa. Cuando ya pagan como adultos, en la familiar estás pagando cuatro adultos más el suplemento de tercera y cuarta persona, que en muchos hoteles no es pequeño. Puestos a pagar cuatro adultos, la diferencia con dos habitaciones puede quedarse en muy poco.

Por eso el consejo práctico es sencillo y siempre el mismo: a partir de los 12 o 13 años, rehaz la cuenta cada año en vez de repetir lo del verano pasado, y pide siempre las dos cotizaciones antes de decidir. Mucha gente da por hecho que no puede permitirse dos habitaciones y no llega a pedir el precio nunca. Pedirlo cuesta un minuto y en bastantes casos la respuesta cambia el viaje entero. El desglose de esa comparación, con el mecanismo del suplemento y las categorías de habitación, está en habitación familiar o dos dobles.

El baño con dos adolescentes: el conflicto diario garantizado

De todos los detalles que se pasan por alto al reservar, este es el que más ruido acaba haciendo y el que menos aparece en ninguna ficha. Un baño para cuatro personas con dos adolescentes dentro es un cuello de botella diario. Y conviene explicar por qué, porque no es cuestión de tardar aposta ni de falta de consideración: es que a esa edad la ducha se alarga, después hay que arreglarse, y las horas punta coinciden exactamente para todo el mundo.

Piensa en el día real. Por la mañana todos necesitáis el baño en la misma media hora, porque el desayuno cierra a una hora. Al volver de la playa quiere ducharse todo el mundo a la vez, porque todo el mundo trae arena y sal encima y nadie quiere sentarse así en la cama. Y antes de bajar a cenar hace falta el espejo, y ahí el atasco es total: cuatro personas, un espejo, veinte minutos y una hora fija de cena. Son tres picos al día, todos los días, y en cada uno de ellos hay alguien esperando en la puerta. Ese es el origen de buena parte de las tensiones domésticas de unas vacaciones en familia con hijos mayores.

La buena noticia es que no hace falta un segundo baño completo para arreglarlo, y esto sí es un criterio de elección concreto que puedes usar al comparar alojamientos. Muchas habitaciones familiares, bastantes suites y casi todos los apartamentos de dos dormitorios tienen un aseo adicional con lavabo e inodoro. Con eso solo, la mañana se descongestiona entera: mientras uno se ducha, otro se lava los dientes y un tercero usa el servicio. Es una mejora enorme por muy poco dinero y, sin embargo, casi nadie la busca, porque casi ningún hotel la destaca aunque la tenga. Pregúntalo expresamente: la respuesta te sorprenderá más veces de las que crees.

Junto a eso, hay tres preguntas menores que a esta edad se agradecen mucho y que nadie hace: si el baño tiene bañera o plato de ducha —la ducha acelera mucho la rotación—, si la puerta del baño da directamente al dormitorio o a un distribuidor, que es puro tema de intimidad, y si hay espacio donde dejar la ropa dentro del baño, que evita el paseo envuelto en una toalla por delante de toda la familia. Y por si sirve de argumento en la comparación: dos habitaciones son, entre otras cosas, dos baños. Cuando estás dudando entre una familiar y dos dobles, ese detalle vale bastante más de lo que parece desde el sofá de casa en marzo.

El apartamento con dormitorios separados: la solución que más veces funciona

Cuando una familia con hijos mayores nos cuenta todo lo anterior, la propuesta que más veces acaba encajando es esta. Un apartamento de dos dormitorios resuelve de un golpe casi todo lo que llevamos contado, y merece la pena verlo punto por punto. Los dormitorios cerrados con puerta de verdad resuelven la intimidad para cambiarse y para dormir. El salón resuelve los horarios: el que trasnocha se queda ahí con su móvil o su serie y el que madruga duerme con la puerta cerrada, sin que ninguno de los dos tenga que ceder. Y la cocina resuelve un problema que en un hotel no tiene arreglo, que es que quien se levanta a las doce del mediodía no llega al desayuno: en un apartamento eso deja de ser un conflicto y pasa a ser un cuenco de cereales.

El bungalow funciona igual y con una ventaja añadida cuando lo encuentras: al estar en planta baja y con terraza propia, la vida se reparte también hacia fuera, y eso da respiraderos adicionales cuando en la práctica sois cuatro adultos. Y el aparthotel es la fórmula intermedia que muchas familias no conocen y que a menudo es la respuesta correcta: mantiene lo bueno del hotel —recepción, limpieza, piscina, y en muchos casos régimen de comidas, incluso todo incluido— con la distribución de un apartamento. Es decir, tienes dormitorios separados sin renunciar a que alguien te haga la cama y a no cocinar todos los días.

¿Qué se pierde? Hay que decirlo también, porque no todo son ventajas. Se pierde el buffet como plan por defecto, con lo cual alguien tiene que pensar en las comidas; se pierde a menudo la limpieza diaria, que en muchos apartamentos es cada varios días o solo al final; y se gana trabajo doméstico en unas vacaciones, que no es poca cosa cuando lo que querías era descansar. Nuestra forma de decidirlo es preguntar una sola cosa: cuántas horas del día vais a estar realmente dentro del alojamiento. Con adolescentes esa cifra suele ser más alta de lo que uno cree, porque necesitan sus ratos aparte. Lo tienes desarrollado en todo incluido o apartamento con niños.

En cuanto a dónde, la oferta de apartamento y aparthotel es especialmente amplia en destinos de costa muy consolidados, con Benidorm y la Costa del Sol como ejemplos claros, y también hay mucho donde elegir en Mallorca. Puedes ver disponibilidad y formatos para tus fechas en el buscador de hoteles. Y si además quieres acertar con el sitio y con el hotel —que a esta edad importa tanto como la habitación—, lo tratamos en dónde ir con adolescentes en España y en hoteles para adolescentes que no se aburran.

Un adolescente y un niño pequeño a la vez: el caso más difícil de encajar

Este escenario es muy común y casi nadie lo trata, así que vamos con él. Tienes una hija de dieciséis y un hijo de siete. Sobre el papel parece la situación más fácil de resolver —dos habitaciones, un adulto en cada una— y en la práctica es la más incómoda de todas, porque los dos hijos necesitan cosas opuestas y ninguna combinación las da todas a la vez.

Lo primero, lo que casi nunca funciona: meter a los dos hermanos juntos en una habitación. Es el reparto más obvio y el que reúne lo peor de las dos edades. El pequeño se acuesta a las diez y se despierta cada vez que la mayor entra, se ducha o habla por teléfono. La mayor no tiene ni intimidad —porque comparte cuarto con un niño que entra y sale— ni horario propio, porque a las siete y media de la mañana su hermano ya está despierto y hablando. Y ninguno de los dos elegiría al otro como compañero de cuarto durante una semana entera. Se puede hacer, claro, pero conviene saber que suele ser la peor de las opciones disponibles y no la más práctica.

Las combinaciones que sí funcionan son básicamente tres. Un adulto con el pequeño y el otro adulto con la mayor: es la más sencilla de reservar, la más fácil de encontrar y la que menos problemas da con las normas del hotel, porque en cada habitación duerme un adulto. A cambio, los padres pasan las noches separados, lo cual a algunas parejas les da igual y a otras les estropea el viaje. El matrimonio con el pequeño y la adolescente sola en una individual o en una doble de uso individual: es la que más contenta deja a la mayor, y es también la que depende de que el hotel permita a un menor dormir solo, así que vuelve al apartado anterior y pregúntalo antes de nada. Y el apartamento de dos dormitorios, que es la que resuelve el problema entero: el pequeño se acuesta temprano con la puerta cerrada y la mayor se queda en el salón hasta la hora que sea.

Hay un detalle más que conviene mirar cuando las edades están tan separadas, y no tiene que ver con dormir: el hotel que llena el día de un niño de siete años —miniclub, animación, piscina infantil— no es necesariamente el que le da algo que hacer a una chica de dieciséis. Elegir bien ahí evita que la mayor se pase siete días con el móvil en la tumbona por falta de alternativas. Lo desarrollamos en vacaciones con adolescentes en todo incluido, y si además sois familia numerosa, la aritmética de las habitaciones se complica un escalón más: hoteles para familias numerosas.

Lo que hay que exigir por escrito al reservar

Vamos con la parte que sostiene todo lo demás, y la decimos sin suavizarla: «lo anotamos como preferencia» no es lo mismo que «está confirmado». Son dos cosas distintas, aunque suenen parecidas y aunque quien te lo diga sea amabilísimo. Una preferencia es una nota en tu reserva que el hotel intentará atender si puede el día que llegues. Una confirmación es un compromiso: el hotel te ha reservado eso concreto y lo tiene bloqueado. Cuando algo es determinante para tu viaje, una preferencia no te sirve de nada.

El vocabulario tiene señales bastante fiables. Expresiones como sujeto a disponibilidad, bajo petición, se solicitará al hotel, según ocupación o se atenderá en la medida de lo posible significan todas lo mismo: no hay compromiso. Palabras como confirmado, garantizado, bloqueado o, mejor todavía, un número concreto de habitación asignado, significan otra cosa. No hay que enfadarse con quien usa las primeras, porque muchas veces el hotel sencillamente no puede comprometerse a más. Lo que hay que hacer es saber leerlo y decidir en consecuencia: si algo es imprescindible para vosotros y solo te lo pueden anotar como preferencia, esa información es exactamente lo que necesitabas para elegir otro alojamiento a tiempo.

Con hijos adolescentes hay tres cosas que nunca deberían viajar como preferencia. La primera y más importante, que los menores puedan dormir en una habitación sin adulto, porque si no se cumple hay que rehacer el viaje entero en el mostrador. La segunda, que las dos habitaciones estén comunicadas o al menos en la misma planta, si esa es la razón por la que has elegido ese hotel. Y la tercera, la configuración exacta de camas y estancias, para no descubrir que la familiar que reservaste es una sola pieza con un sofá cama en medio del paso. Todo lo demás admite improvisación; esas tres, no.

Y por escrito quiere decir por escrito: un correo, un mensaje o el propio bono de reserva donde figure la petición y la respuesta. Lo que se habla por teléfono y no queda registrado, no existe cuando llegas al mostrador tres meses después y quien te atiende no es la persona con la que hablaste. No es desconfianza: los hoteles tienen rotación de personal, cambian de sistema y una reserva pasa por varias manos antes de llegar al día de la entrada. El papel protege a las dos partes.

Añade a esto una costumbre que vale mucho y cuesta cinco minutos: reconfirmar entre siete y diez días antes de salir. Es el momento en que el hotel ya conoce su ocupación real y todavía tiene margen para mover cosas. Una petición hecha en febrero y nunca recordada tiene bastantes menos posibilidades que la misma petición recordada la semana de antes. Y si en esa reconfirmación te dicen que no va a poder ser, al menos te enteras con tiempo de reaccionar. Sobre todo lo que conviene dejar cerrado antes de pagar, tenemos la guía de preguntas antes de reservar un hotel.

La lista de preguntas para copiar y pegar

Estas son las preguntas que resuelven el asunto cuando viajas con hijos mayores. Cópialas tal cual y mándanoslas, o úsalas con quien sea que estés mirando el viaje. Van todas antes de dar ningún dato de pago:

  • ¿Admite el hotel que mis hijos, con las edades que tendrán durante el viaje, duerman en una habitación sin un adulto? ¿Con qué condiciones?
  • Si duermen aparte, ¿hace falta autorización firmada y la habitación tiene que estar a nombre de un adulto?
  • ¿Podéis confirmar y bloquear dos habitaciones comunicadas, o solo anotarlo como preferencia? Y si no hay, ¿qué se ofrece en su lugar?
  • ¿La habitación tiene dos estancias separadas por una puerta real, o es una sola pieza con un arco o una cortina?
  • ¿Qué cama concreta usa cada persona y dónde está colocada? ¿Alguna es supletoria, plegable o sofá cama?
  • ¿Hay un segundo baño o un aseo adicional? ¿El baño tiene bañera o plato de ducha, y la puerta da al dormitorio o a un distribuidor?
  • ¿A qué edad deja el hotel de aplicar tarifa de niño y cómo queda el precio con mis hijos pagando ya como adultos?
  • ¿Cuánto cuesta una familiar y cuánto cuestan dos habitaciones para las mismas fechas y el mismo régimen? Quiero comparar las dos cifras.
  • ¿Hay opción de apartamento o aparthotel con dos dormitorios en esa zona, y en qué régimen de comidas?
  • ¿Todo lo anterior queda por escrito en la reserva, y se puede reconfirmar la semana antes de salir?

Si alguna respuesta llega en forma de «normalmente sí», «no suele haber problema» o «se intentará», eso es una preferencia y no una confirmación. Insiste hasta saber en cuál de las dos estás. En estas cosas, «normalmente» es justo la palabra que precede a los disgustos.

Preguntas frecuentes

¿Puede mi hijo de 16 dormir en otra habitación sin un adulto?

Depende del hotel y no se puede dar por hecho nunca. Hay establecimientos que lo permiten sin problema a partir de cierta edad, otros que exigen que en cada habitación duerma al menos un adulto, otros que solo lo aceptan si las dos habitaciones están comunicadas por una puerta interior y otros que piden una autorización firmada del titular de la reserva. También hay hoteles que lo permiten pero no admiten que la segunda habitación esté a nombre del menor. Es la pregunta que más disgustos evita y una de las que menos gente hace, porque suena a trámite y resulta que decide si tu reserva funciona o si te la reorganizan en el mostrador el día de la llegada. Pregúntalo siempre, para ese hotel concreto y con las edades exactas de tus hijos, y que la respuesta quede por escrito antes de pagar.

¿Cómo se arregla que uno se acueste a las dos y otro se levante a las ocho?

Dentro de una sola habitación no se arregla: se reparte el perjuicio. Por muy bien que se porte todo el mundo, en un cuarto único cada entrada, cada luz de móvil y cada ida al baño de madrugada despierta a alguien, y al cuarto día el cansancio acumulado sale en forma de discusión por cualquier tontería. La única solución real es física: dos espacios con una puerta en medio. Puede ser un apartamento de dos dormitorios, dos habitaciones comunicadas o dos habitaciones independientes. Si por presupuesto tenéis que quedaros en una sola habitación, ayuda mucho elegir una configuración con dos ambientes separados y pedir que la cama del que trasnocha no esté en el paso hacia el baño, pero conviene saber que es un parche, no una solución.

¿A qué edad deja de compensar la habitación familiar?

Normalmente entre los 12 y los 13 años, que es cuando la mayoría de hoteles dejan de aplicar tarifa de niño, aunque cada establecimiento pone su propio corte y algunos lo bajan a 11 o lo estiran hasta 14. A partir de ahí tu hijo paga como un adulto aunque siga durmiendo en la misma cama supletoria de siempre. Lo incómodo es el momento: la familiar deja de salir a cuenta justo cuando el espacio empieza a hacer verdadera falta, así que pagas el precio de cuatro adultos y sigues teniendo una única habitación. Por eso a partir de esa edad conviene rehacer la cuenta cada año en lugar de repetir por costumbre lo que se hizo el verano pasado, y pedir siempre las dos cotizaciones antes de decidir.

Viajo con un adolescente y un niño pequeño, ¿cómo reparto las habitaciones?

Es el caso más difícil de encajar y el más común. Meter a los dos en la misma habitación suele ser lo peor de las dos opciones: el pequeño se despierta cuando el mayor entra, y el mayor no tiene ni intimidad ni un horario propio. Las combinaciones que mejor funcionan son un adulto con el pequeño en una habitación y el otro adulto con el mayor en otra, o bien el matrimonio con el pequeño y el adolescente en una habitación individual o doble de uso individual si el hotel lo permite y las edades lo consienten. La opción que resuelve el problema entero, cuando entra en presupuesto, es un apartamento de dos dormitorios: el pequeño duerme temprano con la puerta cerrada y el mayor se queda en el salón.

¿Es mejor un apartamento que un hotel con hijos adolescentes?

En muchos casos sí, y por tres motivos muy concretos: dormitorios con puerta de verdad, un salón donde alguien puede estar despierto sin despertar a nadie y una cocina para el que se levanta tarde y no llega al desayuno. A esa edad, esos tres elementos valen más que la mayoría de instalaciones del hotel. Lo que se pierde es el buffet como plan por defecto, a menudo la limpieza diaria y, en general, algo de descanso doméstico. La fórmula intermedia es el aparthotel, que mantiene recepción, limpieza y muchas veces régimen de comidas con la distribución de un apartamento. La pregunta que lo decide es cuántas horas del día vais a estar realmente dentro del alojamiento: cuantas más, más gana el espacio.

¿De verdad importa tanto que haya un segundo baño?

Es de las cosas que más se subestiman al reservar y más se notan al cuarto día. Cuatro personas con un baño funcionan bien cuando dos de ellas son niños pequeños a los que bañas tú y a la hora que decides tú. Con dos adolescentes cambia el patrón: la ducha es más larga, después hay que arreglarse y las horas punta coinciden para todos, al volver de la playa y antes de bajar a cenar. No hace falta un segundo baño completo para arreglarlo. Muchas habitaciones familiares, bastantes suites y casi todos los apartamentos de dos dormitorios tienen un aseo adicional con lavabo e inodoro, y con eso ya se descongestiona la mañana entera. Pregúntalo expresamente, porque casi nunca viene destacado en la ficha aunque exista.

¿Qué pido exactamente para que mi hija tenga intimidad para cambiarse?

Lo que hay que pedir no es más espacio, es una separación física que se pueda cerrar. En términos prácticos: o dos habitaciones, o un alojamiento con dos estancias separadas por una puerta real, no por un arco, una cortina o un cambio de suelo. Esa es la pregunta concreta que conviene hacer al hotel, con esas palabras, porque muchas fichas describen una habitación como de dos ambientes cuando en realidad es una sola pieza alargada. Añade a eso dos detalles que casi nadie pregunta y que a esa edad se agradecen: si la puerta del baño da directamente al dormitorio o a un distribuidor, y si el baño tiene un espacio donde dejar la ropa. Son cosas pequeñas que evitan situaciones incómodas todos los días.

¿Por qué «lo anotamos como preferencia» no me sirve?

Porque una preferencia es una nota que el hotel intentará atender si puede el día que llegues, y una confirmación es un compromiso de que eso concreto está reservado para ti. Suenan parecido y no lo son. Expresiones como sujeto a disponibilidad, bajo petición, según ocupación o se atenderá en la medida de lo posible significan todas lo mismo: no hay compromiso. Cuando algo es determinante para tu viaje —que tus hijos puedan dormir en otra habitación, que las dos habitaciones estén comunicadas, que haya un segundo aseo—, una preferencia no te protege de nada. Hay que conseguir una confirmación por escrito, guardarla y reconfirmarla unos días antes de salir, que es cuando el hotel ya conoce su ocupación real y todavía tiene margen de maniobra.

¿Viajas con hijos adolescentes y no sabes cómo repartir las habitaciones?

Esto es exactamente lo que comprobamos hotel por hotel antes de reservar: si el hotel permite que tus hijos duerman en otra habitación, si puede confirmar comunicadas o solo anotarlas, qué hay dentro de cada habitación y si tiene un aseo adicional. Porque la diferencia entre unas vacaciones buenas y una semana de mal humor está en cómo duerme cada uno.

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